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Paysage urbain et relations socio-spatiales à Caracas

En la escala de la aglomeración, el paisaje urbano de Caracas presenta las particularidades de un mosaico socio-económico en un valle intra-montañoso situado a unos 1.000 metros de altitud al sur de la cadena montañosa de El Ávila, que se eleva al fondo de las fotos 1 y 2 y que separa la ciudad del Mar Caribe. Rápidamente se volvió demasiado estrecha para el crecimiento urbano desenfrenado a partir de los años 1940 ; el valle se desbordó al Sur, al Este y al Oeste con construcciones heterogéneas, jamás reguladas verdaderamente por las autoridades públicas. Las antiguas haciendas de café o de caña de azúcar son transformadas en lotes (las urbanizaciones) que presentan perfiles socioeconómicos más bajos que de las clases medias (primer plano foto 1, segundo plano fotos 2, 3 y 4). Entre los años 1940 y 1960, la población urbana mantuvo un ritmo acelerado de crecimiento (más del 5% por año durante cerca de 20 años). Los sectores más populares deben resolver necesariamente los problemas de alojamiento que se presentan en una ciudad en la que, como en muchos otros lugares de Latinoamérica, la oferta no satisface la demanda de los menos pudientes. Cuando los terrenos no están lotificados, pueden ser invadidos y ocupados por un hábitat espontáneo : los barrios de rancho (segundo plano foto 1, primer plano foto 2) que dan cabida actualmente, sobre un tercio del territorio del distrito metropolitano de Caracas, a aproximadamente la mitad de la población.

Esta dinámica de urbanización, iniciada a partir de los años 1940, llevó al aprovechamiento de las colinas que rodean el sitio del valle de Caracas, contribuyendo así a la creación de cinturones de construcción en donde se mezclan las construcciones opulentas con las populares. En los intersticios entre las urbanizaciones, en las quebradas, en estos barrancos esculpidos por los torrentes de las montañas, los barrios florecen y ocupan el espacio. Según sea el tipo de urbanización que se construya, será el nombre que recibirán estas elevaciones. En caso de que sean urbanizaciones acomodadas, se les llamará colinas ; pero si se trata de barrios pobres, en este caso se les llamará cerros. De esta manera, según sea de ricos o de pobres, formas topográficas idénticas reciben nombres diferentes.

El paisaje urbano del valle es una sucesión de colinas (cerros y colinas) que ve la interacción de poblaciones muy heterogéneas. Sin embargo, esta proximidad espacial no quiere decir mezcla aunque esta imagen de sociedad mestiza, “integrada” o café con leche, haya ocupado la parte delantera del imaginario dominante durante el periodo mítico de “la excepcional democracia”. Después del final de la dictadura en 1958, Venezuela es testigo de un periodo democrático ininterrumpido que continúa hasta nuestros días, verdadera excepción en un continente grandemente afectado por los golpes de estado y otros regímenes militares, como en los disturbios de los años 1970, por ejemplo.

El mito de una sociedad “excepcionalmente” plural y democrática no soporta ni la observación, ni la variación de escalas. El clima de inseguridad que surgió en Venezuela después de la crisis urbana de la década de los 1980 (tras la decadencia del Estado, las consecuencias nefastas del petróleo y el ajuste estructural) inscribe en el espacio un paisaje de miedo y revela, como en un proceso químico de fotografía, las fracturas socio-espaciales a gran escala (fotos 3 y 4). Dependiendo si se es rico o pobre, no se frecuentan ciertos sectores. Las ilusiones de la serenidad social o de la mezcla no son consistentes. Ciertamente, existen lazos funcionales (trabajo doméstico, abastecimiento de droga, algunas funciones comerciales, etc.), pero a estos usos presiden ampliamente la desconfianza y el miedo.

En la actualidad, el mosaico urbano de Caracas no alimenta más el mito del acuerdo social y la diversidad, sino que se vuelve un factor de vulnerabilidad. Las poblaciones de los sectores más acomodados se sienten acorraladas y constantemente amenazadas por la invasión de los cerros (metonimia que designa a las poblaciones de dichas colinas, de los barrios). La lógica del miedo implica un repliegue de seguridad manifiesta en las formas de las construcciones o en las prácticas espaciales. Las aduanas urbanas se asemejan a retenes en un contexto de guerra (foto 4), las cámaras y los alambres de púas (foto 3) alimentan a cambio el sentimiento de miedo por el panorama de inseguridad de los sectores residenciales.

Los contornos socio-espaciales de una sociedad no igualitaria no son “inventados” por el surgimiento de la inseguridad y de los riesgos urbanos a partir de la década de los 1980. Por el contrario, se hacen visibles por medio de diferentes procesos de “territorización” de los riesgos urbanos. Los territorios y los significados sociales invertidos en las formas espaciales deben estar necesariamente contextualizados. Siguiendo el buen decir de Marcel Roncayolo, la geografía (social, política o de riesgos...) es tiempo en el espacio.

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04.2012 | Espacio Multimedia

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04.2012 | Reportaje de Marilena Liguori

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